• Leo Tulleres

Hace tres años

Hace 3 años estaba en Santiago, participando en un foro de mujeres activistas. Recuerdo que hablé sobre la importancia de la interseccionalidad; en un panel con activistas medioambientales, yo era la única persona vegana. Llevé relatos de nuestras vigilias a las afueras de los mataderos, y expuse los números rojos que arrojó el último informe de la IPCC, sobre el gas metano emitido por la ganadería, y el daño causado al planeta hasta la fecha. Pero, el recuerdo más vívido de ese día fue salir a tomar el metro para llegar al terminal de buses y devolverme a mi casa, a hacer clases en la tarde. La revuelta social había comenzado.


Barricadas, guanacos, zorrillos, pacos de FFEE, y personas encapuchadas eran el paisaje en la Alameda hace 3 años atrás. La chofer del Transantiago que logré tomar sorteó de forma muy hábil cada obstáculo, para que llegáramos a destino. El humo de las lacrimógenas se metía a la micro, y nos dejó llorando y tosiendo. Yo pensaba “mucha gente debe haber visto la película Joker, porque las calles parecen una copia de las locaciones de esa producción”, y claro, sucedía que en Chile existía, desde hace mucho tiempo, un sentimiento de rabia, angustia, disconformidad, y molestia con todo el sistema que nos dejó el dictador Augusto Pinochet y sus colaboradores ideológicos. Fueron esos sentimientos los que explotaron cuando la tarifa del metro subió $30. Los y las estudiantes, saltando los torniquetes, comenzaron una rebelión hermosa, pero con fecha de expiración.


“Hay que cambiar la Constitución”, era lo que marcaba cada marcha, protesta, barricada, y enfrentamiento con la policía. Una Constitución que, escrita bajo el alero de un dictador manipulado por el Tío Sam, ya no nos representaba. Que nos representase resultaba simplemente grotesco.

Salí, algunas veces con mi hija, a protestar, recibiendo agua tóxica, gases, y hasta torturas por simplemente portar un lienzo y alzar la voz. Sí, me torturaron, y todavía vivo con recuerdos en mi cabeza que me perseguirán hasta la muerte. Pero eso no es lo que más me duele. Me duele ver la falta de respeto y reconocimiento a quienes dejamos la dignidad en las calles para recuperar la de un país completo, porque Chile nunca mereció nuestros ojos perdidos, ni la gente asesinada o desaparecida, ni las violaciones a los Derechos Humanos por parte de agentes del Estado. Chile desconoció nuestra entrega, y rechazó aquello por lo que tanto luchamos; una nueva Constitución, escrita en paridad y con presencia de Pueblos Originarios.


Debo reconocer que en realidad nunca me gustó este país, y que desde siempre he querido abandonarlo. Crecí viendo a los pacos pegarle a la gente por luchar, con un desprecio eterno a la policía chilena. Estudié en un sistema injusto, donde quienes no teníamos dinero aprendimos a producir, y quienes sí lo tienen aprendieron a mandarnos. Siendo la ironía más grande que en un sistema educacional quebrado y con una sociedad moralmente desgastada ni nosotros producimos lo que deberíamos ni ellos nos saben mandar. Vi a mi padre trabajar toda la vida para aplacar el hambre, más que satisfacer gustos o antojos. Nunca salimos de vacaciones con mi familia completa, porque era muy caro. Mi papá nos daba recorridos en la micro Ñandú que manejaba hacia Con Con, para mirar la playa por la ventana. Nos manguereábamos y jugábamos con bombitas de agua en la casa para vacacionar en verano. Solamente por la tele veíamos viajes, aviones, y vacaciones en lugares hermosos. Nacimos en un lugar y momento que determinaron nuestro destino; somos personas “de esfuerzo”, y no podemos darnos el lujo de siquiera pensar en ser algo más. Que nos levantáramos más temprano a trabajar más horas fue el consejo que la campaña en contra de una nueva constitución nos dio. Y Chile consideró que eso estaba bien.


Siempre he querido abandonar este país. Porque este país me abandonó al nacer.


Hoy se cumplen 3 años de esta hermosa revuelta conocida como “Estallido Social”, un estallido que la pandemia, el miedo, y la ignorancia apagaron sin pena ni gloria. Pudimos haber cambiado la historia, pero preferimos quedarnos con la Constitución del dictador. La falta de respeto a la lucha, y el miedo a cambiar las cosas fueron más fuertes que las piedras y las barricadas. La verdad es que la alegría nunca llegó y fallamos al salir a buscarla. Quizás porque estábamos muy enojados como para ver con claridad. Otra ironía más en un país que cada día encuentra nuevas formas de hacernos hervir la sangre.


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