• Leo Tulleres

No me gusta este Septiembre

Cuando era niña, onda unos 7 o 9 años, amaba el mes de Septiembre. Recuerdo con alegría los pie de cueca que se bailaban en mi casa, con vasos de chicha (prohibida, en ese entonces, para mí), y el encumbrar volantines con mi papá. A esa edad, más o menos, mi abuelita me enseñó a preparar empanadas de pino, mientras mi abuelito preparaba un asado con mis tíos. Las Fiestas Patrias eran un momento de reunión familiar, alegría, bailes, y copete (en mi familia, siempre relacionado con el jolgorio)


La verdad es que ya a esa edad estaba en confusos choques de pensamientos, entre qué significaba realmente “amar a los animales”, y que cómo era posible sentir amor mientras pagas por el asesinato de esas personas. Inconscientemente, al parecer, estaba preparando mi cerebro para procesar toda la información que recibiría al pasar los años; no se puede amar a los animales y pagar por su sufrimiento, para luego recibir el tan esperado “asado”, el apetecido “anticucho”, y la deliciosa “empanada de pino”. En todo este ciclo especista el sentimiento más ausente es el amor.

Recuerdo que cuando tenía 20 años, justo en Fiestas Patrias, decidí dejar de ser cómplice de toda esa violencia sistemática. Hace 15 años me comí la última empanada de carne. Mi mamá estaba presente, y no creía que “iba a durar siendo vegetariana”, y me dijo que cómo, que cuándo, que Septiembre siempre me había gustado. Y claro, lo que me gustaba (y me gusta) era ver esa atmósfera de festejo y felicidad, pero no si para lograrlo se matan a otros y otras.


Mientras escribo esto pienso en la última vigilia a la que fuimos. Vimos llegar 6 camiones con animales al matadero de Belloto, con vacas algunos, con caballos otros, y en los corrales quedarían cerca de 120 animales que no pasarían esta semana tan esperada por tanta gente. Cuando veía sus caras, secaba las lágrimas de un caballo, les recitaba el Maha Mantra, y les cantaba canciones, pensaba, una y otra vez, “NO ME GUSTA ESTE SEPTIEMBRE”, pensando en la gente responsable de que estuviera un caballo ensangrentado arriba del camión, tan traumado de los malos tratos humanos que se alejaba de mi mano, visualizando las asquerosas bocas de gula tragando al otro caballo que pude calmar, y quien se apegó a mí, en una esperanza efímera de recibir cariño por lo que le quedaba de tiempo. Repito esa idea en mi cabeza, planeo posibles acciones para boicotear la hecatombe dieciochera, sin abandonar el deseo de cambiar esta historia por una más justa.



Para qué voy a nombrar al Rodeo; esa actividad arcaica y torturadora que somete a otros a humillaciones, golpes, picanas eléctricas, entre otros tipo de violencia, que tiene especial connotación en este mes Patrio. Siempre he odiado el rodeo, y la mayoría de la gente no se siente representada por esta muestra de abuso de poder. Es absurdo que siendo el año 2022 se siga fomentando, pagando con parte de dinero del Estado, y practicando con “reglas”, como si eso bastara para los animales. “La regulación de la esclavitud no es correcta, si no que su abolición es lo que se debe aplicar”


Al principio de ser vegana no me molestaba ir a las Fondas. Hasta me gustaba. Llevábamos con mi compañero empanadas de soya, pedíamos por favor poder comerlas mientras tomábamos chicha donde un caballero buena onda, y hasta bebía terremoto. Y es que al principio nunca había visitado un matadero, ni esperado por horas los camiones con animales a sus puertas, observando la desesperación en el idioma universal de la mirada… Y ahora que sí lo he hecho, durante más de 115 veces, repito en mi cabeza la idea de que debo seguir luchando por cambiar todo esto. No me gusta este Septiembre con sangre inocente derramada. Y así como me molesta que hace 49 años se haya comenzado a asesinar personas por pensar distinto, me enferma que se siga perpetuando la costumbre de fomentar un sistema que lucra con el sufrimiento ajeno. Y como no me gusta este Septiembre, seguiré realizando activismo para lograr uno diferente, mucho más empático, respetuoso, y donde no se decida quién vive y quién muere.


Gracias, abuelita, por enseñarme a hacer empanadas tan bien. Gracias a sus enseñanzas, mis empanadas de soya y de seitán encantan a todas las personas, incluso a aquellas que se juran carnívoras y que con un copete no se dan cuenta que vanaglorian aquello de lo que tanto se burlan; el veganismo.


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